Las imposiciones las llevamos a cuestas como una pena que debemos cumplir por el simple hecho de ser humanos.
Anhelamos poder actuar acorde a nuestros deseos, guiarnos por impulsos y sentir la vida con todas sus sorpresas, pero llevamos una venda en los ojos que nos impide ver, que oscurece la vista sin dejarnos mirar mas allá de lo que es el presente, un parásito que se llama temor.
Un alma se marchita poco a poco si no se la deja respirar, si la ahogamos con esperas, si retrasamos un impulso por sí. Y siempre hay un “y si…” tras lo que nos puede hacer sentir algo. Distanciamos a nuestro más anhelado sueño por la simple razón de que podemos desestabilizar esa monótona vida que acaece día tras día con los mismos hechos. ¿Por qué? Porque, atándonos con cadenas de seguridad, creemos ser más felices, porque el miedo no permite verlo de otra manera.
La cobardía en las decisiones solo es mera partícipe de nuestra autoestima, de lo que nos valoramos, de lo que valoramos lo que hacemos. No es el verdugo que mata la decisión, sólo es quien acata la orden de nuestra voz.
Olvidamos estas cosas porque no queremos lamentarnos de no vivir. Recordamos esto cuando ya es tarde, porque necesitamos saber la explicación al porqué dejamos escapar esas cosas que tanto tiempo esperamos…
Jamás hay ganadores o perdedores, no lo olvidemos. Cada uno que decida su vida, porque, si la vida decide por nosotros, quizás perdamos toda esperanza.
Asumimos la inteligencia, pero la mayoría siguen sin saber lo que les hace felices, y a eso se le llama ignorancia.
