El deseo, esa necesidad sentimental para llenar un vacío.
El deseo que me robó toda indiferencia ante ti hace que el ver tus labios seque mi boca, que el mecerme en tu sonrisa mate mi consciencia, que el perderme en tu mirada sea una odisea en la que mil sirenas cantan por tu amor.
El deseo que convirtió mi vida en sueño hace que todo mi tiempo te pertenezca, que en todo preciado pensamiento aparezcas, que del sentimiento que embriaga mi alma florezca una frase que teme se pierda en tu ser.
El deseo que mi locura no desea rechazar me hace mirar a la luna para ver algo similar a tu belleza, escuchar el mar para sentirte cerca, luchar contra el viento para que te entregue mi voz.
El deseo, ese es el demonio que me obligó a besarte con lujuria, el ángel que aviva mi placer al estar a tu lado, es quien me hizo acercarme a ti y conocer el paraíso.
Ahora sólo espero que sea quien me haga sufrir, porque en tu divinidad jamás podrás mis labios besar, ni el cabello de mi cuerpo erizar, no podrás mis caricias sentir, porque el deseo apareció allí donde tú decidiste morir, mis sueños.
La inocencia es el carácter que perdemos al agriarlo con razonamientos.
