La añoranza de ser un ignorante dispone de la frialdad del deseo y el pensamiento, pero contraataca el sentimiento.
Querer ser insignificante es tan normal como querer ser alguien, pero el propósito es el contrario. Confundir cuando estás confundido, duele, y mata la alegría. Razonar y aclarar la confusión a veces no sirve de nada, aunque otras nos anima a desmoralizar el ego.
Ser un ser superior nos hace admirar al inferior, porque vernos tropezar con la piedra de la incertidumbre, es algo que se evitaría si conservásemos algún resquicio del instinto animal, ese que logra hacer alusión al dicho “lo hecho, hecho está”, y ese cuyo sentido es explicación a muchas dudas que jamás debimos abandonar, sino resolver.
Creer en uno mismo no es suficiente para sentirlo así, a veces esa confianza es afianzada por lo ajeno, por los que nos rodean.
Necesito morir y renacer.
Necesito olvidar y recordar desde el futuro.
Necesito dejar de ser para todos y ser para mí.
Necesito llorar por expresarme de alguna manera y ver que mis gestos pueden exteriorizar mi pensamiento, mi sentimiento, mi vida.
Ansiar esto es luchar contra el olvido, la independencia, el instinto…
Ansiar esto es morir en el pecho materno para renacer con el hijo entre tus brazos.
Ansiar esto es… buscar lo perdido en algún momento de la vida, el orgullo, la serenidad, la confianza, el amor, el idealismo, el carácter, incluso el destino.
Añorar es estar perdido e incómodo en el presente, y yo añoro ser un ignorante, quizás sea porque ya lo soy.
Nefasta es la lucidez de un pensamiento pesimista, porque la locura no ejerce mayor daño que esa realidad.
