Abriendo los ojos a un nuevo amanecer

Desterrada mi mirada a un color vacío, pudriéndose de tristeza en la agonía de la añoranza. Pesares que cargar sobre macilentos hombros que perdieron su vigor al perder el orgullo. Manos fuertes que se encallecen en su rigor y agarrotamiento, pues poca es la vida que sienten, sólo frío contacto. Se desgarra el alma en su sentir, y las alas se agrietan pues si sopla viento es huracanado.

La tierra árida bajo sus pies mira el cielo relampagueante que lo amenaza. Furia incontrolable, carros de batalla que chocan entre sí para ganar un trozo de vida en el cielo, y se tornan tan fieros que sus gritos resuenan en todo el horizonte.

Mi mirada suplica al cielo luchar en su gran batalla, mis lágrimas recorren una agonía que no es sino inconformismo.

Las súplicas jamás obtuvieron respuesta, pero la piedad hace mella hasta en los más poderosos dioses, y lágrimas derrumban los carros de batalla del cielo, ahogando a la inerte tierra con su sentimiento.


Su frío pesar encoge mi alma, pero el aire que me regala es tan puro que su aroma hincha el pecho hasta hacer de su cárcel una pasión. Hundo mis manos en el barro, y por vez primera se abren para acoger unas semillas que hundir en esa nueva fertilidad, y al fin sienten el calor de la vida.

Es tal la calma que me invade, que los pesares se desploman dotando a mi espalda de una nueva libertad. Una libertad que la llena de orgullo otra vez y le da fuerza suficiente para cargar con la vida.

Las lágrimas afloran dando lugar al perdón, mis ojos se empañan de pesares que van a morir, y, cuando se alejan de un inexpresivo rostro, los ojos le llenan de color al vislumbrar un camino que a la mirada le corresponde recorrer la mirada por ese virgen arco iris.


Desterrada mi agonía a un lugar lleno de esperanza, sólo una humilde sonrisa puede expresar lo que sentí en aquel encuentro con la templanza de lo que se me regaló, y aquel día abracé con ternura un cuerpo, con libertad nos atamos, y como acogí la vida henchida en mi pecho, así la compartí con otra mirada. Y la noche fue la que corrió un velo de intimidad en el que la pasión es el recuerdo que nace a cada momento, y cada momento, el placer que otorga.

Mis alas desgarradas volarán en el vientre de la mujer que vi cuando mis ojos vieron el color, y así, su mirada.



Un minuto se torna frenesí cuando su vida está en manos de esa dichosa o cruel decisión que jamás fue obligada a aparecer por otra persona que no la necesitas

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Publicado en on 2 marzo 2009 at 11:23  Dejar un comentario  

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